Atraco frustrado

El inspector, obediente, mantenía las manos levantadas, con las palmas hacia arriba, como si pretendiera tocar un techo que aún se elevaba un par de metros por encima de su cabeza. El resto de honrados ciudadanos, menos obedientes que Villaociosa, mantenían una actitud más pasiva, casi pasota, ante una situación que se les antojaba cotidiana, aburrida incluso para los trabajadores de la sucursal.
- Les he dicho que manos arriba… ¡Todos! -El malvado atracador lucía una media con la cabeza que le tapaba la mayor parte del rostro, a excepción de los ojos, que a duras penas conseguían verse a través de los dos pequeños agujeritos en la parte frontal de la prenda.- ¿Ven? Como el panoli ese de ahí… Sí, sí, ese… El que tiene las manos bien levantadas…
- Oiga, que yo le hago a usted caso por respeto y prudencia. Pero de panoli nada. Tengamos la fiesta en paz…
- No te me pongas chulito que la liamos, aquí y ahora, ¿eh?
- Ea, no se altere usted. Y vosotros -dirigiendo la mirada al resto de ciudadanos-, venga, arriba las palmas… En estos casos es mejor ayudar…
- Mira, el atontao es el más listo…
- Y dale… Le repito a usted que no es necesario faltar al respeto para ser un buen atracador…
- Bueno, ya está bien… A ver, el dinero, que me estoy poniendo nervioso…
- ¡Ja! -la risa del inspector enfadó al vil malhechor.
- ¿Ja? ¿Ja qué?
- Ja… Vas listo para que te suelten la mosca… Estos, si no es a un ocho por ciento no te dan ni las gracias…
- Pero… ¡Que esto es un atraco!
- No lo dudo, amigo… Pero mira que pedir dinero…
- ¡Pues ya me dirá usted qué quiere que pida en un banco!
- Hombre… Así mirado… ¿No le gusta a usted la cubertería esa del escaparate? Una joya, de verdad…
- ¿Y yo para qué diantres quiero una cubertería?
- Una o diez… Al fin y al cabo es usted un ladrón, ¿verdad? Llévese todas… Seguro que Antonio tiene varias guardaditas en la caja fuerte… A que sí, Antonio -el inspector interrogó con la mirada a Antonio, el director de la sucursal, que no daba crédito (je, je y perdonen ustedes que diga otro je) a lo que estaba viendo.

El ladrón, medio desesperado, dio varios paseos por la sucursal, sin apartar la vista de los honrados ciudadanos y del loco ese que le hablaba de cuberterías y chorradas en mitad de su golpe definitivo, el que le retiraría para siempre de la profesión.

- Vamos a ver… ¿Pero es que no hay aquí nadie normal? Esto es un atraco… ¿Saben ustedes lo que es un atraco?
- De buena tinta -ironizó Villaociosa.
- Pues ea, si lo saben, cumplan como tal. Me dan ustedes el dinero de la caja, se meten la cubertería donde les quepa, y me voy a casa, que llevo un día de mierda…
- Ah no, eso si que no. Si se lleva usted el dinero, se lleva la cubertería… Pues sólo faltaba…
- ¡Pero es que no la quiero! -El tono de voz del atracador había subido bastante en los últimos minutos. -¡No quiero la dichosa cubertería!
- ¿Que no quiere la cubertería? Pero si es de acero inoxidable, con un grabado precioso en el mango que dice “Banca Rota, la banca que no se agota”… Pregúntele a Antonio… Él mismo tiene una en su casa… Fíjese, el señor director de la sucursal con una cubertería de Banca Rota… Algo tendrá, ¿no cree?

El atracador, que comenzaba a desquiciarse, empezó a temblar más por la desesperación producida por la conversación que por los nervios del robo.
- ¡No quiero la cubertería! ¡Quiero el dinero! ¡Todo el dinero!

El silencio se apoderó de la sucursal de Banca Rota del distrito Centro. Durante varios segundos tanto el personal laboral como los honrados ciudadanos que pretendían hacer sus gestiones bancarias aquella fría mañana de febrero, miraron al inspector Villaociosa, buscando una salida a aquella horrible situación. Los segundos se convirtieron en minutos, largos minutos, silenciosos minutos… Hasta que por fin…
- ¡La porcelana! ¿Qué le parece la porcelana? Llévese usted la porcelana, en lugar de la cubertería, y verá qué bonito le hace en el salón de su casa… Porque la porcelana si le gustará a usted, ¿verdad? Le gusta a todo el mundo…

De nuevo el silencio reinó en la sucursal. Al cabo de un minuto un ligero sollozo rompió la tranquilidad del momento. El sollozo se convirtió en llanto, y el llanto en un desesperado berrinche acompañado de suspiros e intentos de frases incompletas que el desconsolado ladrón intentaba articular… Por fin, cabizbajo, murmuró un “venga acá esa porcelana” con el que se dio por terminado aquel trágico robo en la sucursal de Banca Rota del distrito Centro. Villaociosa, por supuesto, escogió la cubertería.

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Especialmente dedicado a todos los que me acompañaron el jueves pasado.

Muchas gracias por estar allí y por permitirme compartir con vosotros mi literatura.

 

Villaociosa enamorado (segunda parte). Un corazón en mil pedazos

El frío y la fina lluvia convertían aquella mañana, maravillosa para Villaociosa, en desagradable para el resto de la población, incluido Leandro, la morenaza por la que el inspector sería capaz de perderlo todo. Justo al salir de la comisaría, ella, es decir él, o sea Leandro, representó mentalmente la posibilidad de escapar corriendo de las fauces de ese condenado loco policía que estaba convencido de su amor por ella, es decir él, o sea Leandro, y de paso tomar unas porras con chocolate que, al parecer, las hacían de rechupete en un bar que no andaba demasiado lejos de allí. Pero, a pesar de que la idea de escapar parecía la más sensata, ella, es decir, él, o sea Leandro, sentía la irresistible tentación de la curiosidad, la misma que empuja a un niño a meter los dedos en el enchufe, y la que mueve a un adulto a cometer pequeños deslices deliciosamente malvados. En fin, que Leandro decidió aceptar de buen grado esas porras, que por otra parte no le venían nada mal después de la noche en el calabozo.

- Y dime, encanto. ¿A qué te dedicas? -Villaociosa hablaba mientras caminaba y hacía gestos con las manos guiando a la muchacha, muchacho, es decir Leandro, hacia la mejor churrería del distrito Centro.- Por aquí… No estamos lejos ya… Verás qué porras, ¡y qué churros!
- Pues yo… Yo soy ingeniero espacial, ya sabe, todo el día con cohetes y números, y números con cohetes…
- ¡Qué me dice! Además de hermosa es usted todo inteligencia.
- Gracias.
- No me las de usted… Por aquí, ya estamos llegando. Es justo ahí, detrás de aquel letrero rojo y amarillo…
- Genial. Ya tengo yo ganas de comer esas porras…
- Las hacen de maravilla… Así que ingeniero espacial… Estará usted al tanto de los últimos lanzamientos… Claro, qué tontería. Es probable que usted participara…
- Eh… Sí claro, yo me encargué de encender la mecha…
- Oh, genial… Es aquí… Usted delante, señorita…

La vieja churrería estaba repleta. A esas horas una infinidad de trabajadores de las oficinas cercanas trataba de alegrar su estómago, y por extensión su vida, a base de chocolate, café, porras y churros… Pero como ninguno lo consiguiera de manera definitiva, lo intentaban día tras día de manera efímera, porque algo es algo, y menos da una piedra. La barra estaba adornada con el periódico deportivo del día y un Interviú en el que se podía leer el titular de un interesantísimo artículo sobre las costumbres de apareamiento de la Emys Orbicularis, y su relación con una muchacha que aparecía en la portada ligera de ropa, y con alguna parte de su cuerpo tapada, precisamente, con el caparazón una tortuga que, a la vista estaba, era demasiado pequeño para esconder lo que se suponía que debía esconder, si es que debía hacerlo, cosa que Villaociosa dudaba bastante.

- Pues yo llevo sirviendo -hablaba el inspector a la muchacha, Leandro- en el cuerpo…
- ¿Lo de siempre, don Tomás? -interrumpió el camarero.
- Lo de siempre Eugenio.
- Churritos y carajillo sin café para el inspector, ¡marchando!… Y para su amigo…
- Querrás decir amiga…
- Eh… ¿Qué amiga?
- Pues ella, la morenaza que está justo a mi lado…

Los ojos del camarero parecían salirse de las órbitas, y saltaban del inspector a Leandro, y de Leandro al inspector, tratando de entender la situación.

- Señor inspector -el camarero había bajado la voz-, son muchos años ya, y hay confianza, ¿verdad?
- Está claro, Eugenio.
- Pues aquí, su acompañante, no es una señorita…
- ¿Cómo?
- Pues que aquí, su amiga es su amigo, un maromo, un tipo de pelo en pecho, aunque vestido de faralaes y con tacones altos. Pero vamos, un bigardo que lo mismo le da ocho que ochenta, ¿me coge usted?

El inspector, que si tenía que poner su vida en manos de alguien, lo hubiera hecho sin dudar ni un segundo en las vigorosas manos de Eugenio, camarero de la mejor churrería del distrito Centro, dirigió la mirada hacia el rostro de la muchacha, es decir, el muchacho, o sea, Leandro, al que interrogó con la mirada.

- ¿Es cierto lo que dice Eugenio?
- Hombre, señor inspector… Yo creí que usted ya lo sabía… Yo sólo le seguía el juego…

Al mismo tiempo que el corazón de Villaociosa se rompía en mil pedacitos, un servicio para la mesa tres, con dos tazas repletas de chocolate, dos cafés, un plato de porras y unos churros, los mejores de toda la ciudad, caían al suelo montando un estrepitoso coro que acompañó la repentina soledad de inspector Tomás Villaociosa de la Endrina, inspector del glorioso cuerpo de policía nacional y, al parecer, eterno soltero.

Villaociosa enamorado (primera parte)

Si bien nuestro querido inspector siempre se ha debido, en cuerpo y alma, a la protección de la ciudadanía, siendo ésta su máxima aspiración en la vida, el amor ha tocado en varias ocasiones la puerta de Villaociosa, unas veces con más fortuna, otras con menos. La de hoy, es una historia de amor imposible, de anhelos inalcanzables, de desatada pasión muerta casi al punto de empezar…

A pesar del clásico frío del mes de diciembre, el corazón de don Tomás Villaociosa desprendía más calor que nunca aquella Navidad de mil novecientos… ¿Qué importa la fecha, cuando se trata de amor? El inspector había conocido a la más hermosa de las mujeres durante una de esas redadas propias de su trabajo, en el distrito Centro. Habían desalojado varios tugurios donde mujeres de vida alegre, y hombres de alegre vida, solían pasar el rato jugando al mus, bebiendo licores y hablando de fútbol. Ustedes entenderán. Fue en uno  de esos locales donde la vio, guapa, hermosa, tan alta y delgada como su madre, morena salada… Tan bella le pareció en aquel momento, tan arrebatado quedó su corazón, que ni siquiera le importó que ella luciera peluca de pelo de cabra tintado de azabache para ocultar su incipiente calvicie, ni que el ojo de cristal, el derecho, bailara en la cuenca, demasiado ancha para el artefacto, a cada paso que daba. Villaociosa siempre la recordaría increíblemente preciosa.

Es necesario reconocer aquí que al principio ella no sintió la misma simpatía por él, pero las buenas acciones del inspector aquel día acabaron por ganar su corazón. Ella, por fin, acabó rindiéndose a sus pies cuando, tras la consecuente detención producida por la mencionada redada, Villaociosa bajó, en mitad de la noche, al calabozo donde las detenidas estaban encerradas y hacinadas y, en un alarde de caballerosidad sólo al alcance de unos pocos, susurró desde el otro lado de los barrotes: “¿Te caliento de nuevo la sopa?”. Ella le miró desde su celda, y le escupió un “caliéntame mejor los huevos, que los tengo helados”, que llegó al alma de Villaociosa.

-    ¿Qué huevos, amor mío, si hoy de cena toca pescado? -volvió a susurrar el inspector, intuyendo el intento de la mujer por establecer conversación con él.
-    Con la raspa te daba yo a ti, madero -respondió grácil la muchacha.

Y así, pasó la mayoría de la noche, entre susurros y lindezas, hasta que llegó el amanecer, y con la salida del sol, la libertad para la prisionera.

-    Ea, mi morena, que ya toca salir -Villaociosa hablaba mientras giraba la llave del calabozo.- ¿Desayunamos?
-    La porra te daba yo para desayunar…
-    ¿Porras? Buena idea. Conozco un bar aquí cerca donde… Aunque yo soy más de churros…

El rostro de la detenida, tras la noche entre rejas, dejaba entrever una incipiente barba, más clásica de un hombretón que de una bella dama.

-    Vamos, Leandro, que a éste le das el palo tú… -sonó una voz masculina desde la celda contigua.
-    Calla, Navaja, que te juegas la ruina -respondió la mujer, que no lo era tanto, mientras alternaba miradas asesinas a Navaja con sonrisas de placer a Villaociosa.
-    ¿Qué dice este hombre de Leandro? -preguntó el inspector.
-    Nada, nada -respondía Leandro, es decir, la mujer que no lo era tanto, mientras tiraba del brazo del inspector hacia la puerta de salida. – Ea, acepto esa porra, churro o lo que me quieras dar, guapetón…

No avasallaremos al lector ahora con detalles superfluos sobre la relación, que definiremos como ardorosa y candente a falta de que otras palabras me vengan a la mente, y daremos, al menos por ahora, por concluido este relato del que, tal vez, algún día sepamos el final, anticipado ya al comienzo del mismo.

¿Continuará? Es probable…


De cómo Villaociosa trató de aprender informática

- ¿Y por dónde dice usted que sale el papel? – el inspector clavaba la mirada en la del joven instructor que, a pesar de lo bajo de la temperatura, llevaba un buen rato sudando.
- Pues por la impresora, ¿la ve allí?. Es aquel aparato grande, en aquella esquina -el muchacho, que apenas contaba veinticinco primaveras, señalaba casi con desesperación una enorme impresora-fotocopiadora-escáner-y-la-repera-limonera que adornaba uno de los rincones de aquella sala de la comisaría.
- A ver, déjame probar…

Villaociosa comenzó a teclear, o más bien a aporrear el frágil teclado del ordenador, mientras su mirada iba del instructor a la impresora, y de nuevo al instructor.
- Pues ya me dirá, joven, cómo pretende que me entere de lo que estoy escribiendo, si desde aquí soy incapaz de ver las letras.
- Es que -voz resignada, lastimera- aún no le ha dado usted a imprimir. Hasta que no pulse en este botoncito… ¿Lo ve?… Pues, hasta que no lo presione, no saldrá nada por la impresora.

De nuevo se estableció un silencio sepulcral entre el aprendiz y el instructor, sólo roto por el teclear lejano de otros policías, el timbre de los teléfonos, y algún que otro hiriente comentario sobre el partido de la noche anterior, los tapes y destapes de la guapa de moda en la televisión, y algún improperio contra el estado de la nación, “que no la salva ni la madre que la parió”. Por supuesto, todas aquellas conversaciones le sonaban ajenas al agente Juárez, asignado a la sección de informática en la comisaría Centro y que, como novato en el servicio, había recibido su primera gran misión: formar a don Tomás Villaociosa de la Endrina, inspector del glorioso cuerpo de policía, caballero de pro y un excelente jugador de brisca.
- Mire, jovencito. A mí no me la dan con queso, ¿sabe usted? A la mierda se van a ir usted, el este cacharro del infierno, el de la esquina y…
- Cálmese señor Villaociosa, cálmese y volvamos a empezar. Ya verá que es muy fácil…

Casi no había terminado de decir la última palabra cuando el inspector Villaociosa ya se había levantado de la silla, había cogido el ordenador portátil, arrancando los cables de un tirón, y lo había lanzado con rabia contra la papelera más cercana. Y no se vayan ustedes a creer que el tiro fue errado, no; el ordenador acabó dentro de la papelera en lo que hoy se considera uno de los encestes más excelentes en la historia del ordenadorcesto. Pero no acabó ahí el asunto, y como Villaociosa viera algún atisbo de risita entre los espectadores del espectáculo, el inspector decidió acabar el mismo con una demostración futbolística, arreando tal coz a la papelera de marras que acabó atravesando el cristal de la comisaría Centro ante el estupor del personal. El cristal, todo hay que decirlo, era blindado.

El agente Juárez dimitió del noble cuerpo de policía nacional al día siguiente, coincidiendo con su ingreso en una orden religiosa, y haciéndose cargo de una pequeña ermita situada en los montes fronterizos entre España y Francia. “Allí no me atrapará, seguro”, se le oía decir cuando abandonó la comisaría.