Si bien nuestro querido inspector siempre se ha debido, en cuerpo y alma, a la protección de la ciudadanía, siendo ésta su máxima aspiración en la vida, el amor ha tocado en varias ocasiones la puerta de Villaociosa, unas veces con más fortuna, otras con menos. La de hoy, es una historia de amor imposible, de anhelos inalcanzables, de desatada pasión muerta casi al punto de empezar…

A pesar del clásico frío del mes de diciembre, el corazón de don Tomás Villaociosa desprendía más calor que nunca aquella Navidad de mil novecientos… ¿Qué importa la fecha, cuando se trata de amor? El inspector había conocido a la más hermosa de las mujeres durante una de esas redadas propias de su trabajo, en el distrito Centro. Habían desalojado varios tugurios donde mujeres de vida alegre, y hombres de alegre vida, solían pasar el rato jugando al mus, bebiendo licores y hablando de fútbol. Ustedes entenderán. Fue en uno  de esos locales donde la vio, guapa, hermosa, tan alta y delgada como su madre, morena salada… Tan bella le pareció en aquel momento, tan arrebatado quedó su corazón, que ni siquiera le importó que ella luciera peluca de pelo de cabra tintado de azabache para ocultar su incipiente calvicie, ni que el ojo de cristal, el derecho, bailara en la cuenca, demasiado ancha para el artefacto, a cada paso que daba. Villaociosa siempre la recordaría increíblemente preciosa.

Es necesario reconocer aquí que al principio ella no sintió la misma simpatía por él, pero las buenas acciones del inspector aquel día acabaron por ganar su corazón. Ella, por fin, acabó rindiéndose a sus pies cuando, tras la consecuente detención producida por la mencionada redada, Villaociosa bajó, en mitad de la noche, al calabozo donde las detenidas estaban encerradas y hacinadas y, en un alarde de caballerosidad sólo al alcance de unos pocos, susurró desde el otro lado de los barrotes: “¿Te caliento de nuevo la sopa?”. Ella le miró desde su celda, y le escupió un “caliéntame mejor los huevos, que los tengo helados”, que llegó al alma de Villaociosa.

-    ¿Qué huevos, amor mío, si hoy de cena toca pescado? -volvió a susurrar el inspector, intuyendo el intento de la mujer por establecer conversación con él.
-    Con la raspa te daba yo a ti, madero -respondió grácil la muchacha.

Y así, pasó la mayoría de la noche, entre susurros y lindezas, hasta que llegó el amanecer, y con la salida del sol, la libertad para la prisionera.

-    Ea, mi morena, que ya toca salir -Villaociosa hablaba mientras giraba la llave del calabozo.- ¿Desayunamos?
-    La porra te daba yo para desayunar…
-    ¿Porras? Buena idea. Conozco un bar aquí cerca donde… Aunque yo soy más de churros…

El rostro de la detenida, tras la noche entre rejas, dejaba entrever una incipiente barba, más clásica de un hombretón que de una bella dama.

-    Vamos, Leandro, que a éste le das el palo tú… -sonó una voz masculina desde la celda contigua.
-    Calla, Navaja, que te juegas la ruina -respondió la mujer, que no lo era tanto, mientras alternaba miradas asesinas a Navaja con sonrisas de placer a Villaociosa.
-    ¿Qué dice este hombre de Leandro? -preguntó el inspector.
-    Nada, nada -respondía Leandro, es decir, la mujer que no lo era tanto, mientras tiraba del brazo del inspector hacia la puerta de salida. – Ea, acepto esa porra, churro o lo que me quieras dar, guapetón…

No avasallaremos al lector ahora con detalles superfluos sobre la relación, que definiremos como ardorosa y candente a falta de que otras palabras me vengan a la mente, y daremos, al menos por ahora, por concluido este relato del que, tal vez, algún día sepamos el final, anticipado ya al comienzo del mismo.

¿Continuará? Es probable…