El frío y la fina lluvia convertían aquella mañana, maravillosa para Villaociosa, en desagradable para el resto de la población, incluido Leandro, la morenaza por la que el inspector sería capaz de perderlo todo. Justo al salir de la comisaría, ella, es decir él, o sea Leandro, representó mentalmente la posibilidad de escapar corriendo de las fauces de ese condenado loco policía que estaba convencido de su amor por ella, es decir él, o sea Leandro, y de paso tomar unas porras con chocolate que, al parecer, las hacían de rechupete en un bar que no andaba demasiado lejos de allí. Pero, a pesar de que la idea de escapar parecía la más sensata, ella, es decir, él, o sea Leandro, sentía la irresistible tentación de la curiosidad, la misma que empuja a un niño a meter los dedos en el enchufe, y la que mueve a un adulto a cometer pequeños deslices deliciosamente malvados. En fin, que Leandro decidió aceptar de buen grado esas porras, que por otra parte no le venían nada mal después de la noche en el calabozo.

- Y dime, encanto. ¿A qué te dedicas? -Villaociosa hablaba mientras caminaba y hacía gestos con las manos guiando a la muchacha, muchacho, es decir Leandro, hacia la mejor churrería del distrito Centro.- Por aquí… No estamos lejos ya… Verás qué porras, ¡y qué churros!
- Pues yo… Yo soy ingeniero espacial, ya sabe, todo el día con cohetes y números, y números con cohetes…
- ¡Qué me dice! Además de hermosa es usted todo inteligencia.
- Gracias.
- No me las de usted… Por aquí, ya estamos llegando. Es justo ahí, detrás de aquel letrero rojo y amarillo…
- Genial. Ya tengo yo ganas de comer esas porras…
- Las hacen de maravilla… Así que ingeniero espacial… Estará usted al tanto de los últimos lanzamientos… Claro, qué tontería. Es probable que usted participara…
- Eh… Sí claro, yo me encargué de encender la mecha…
- Oh, genial… Es aquí… Usted delante, señorita…

La vieja churrería estaba repleta. A esas horas una infinidad de trabajadores de las oficinas cercanas trataba de alegrar su estómago, y por extensión su vida, a base de chocolate, café, porras y churros… Pero como ninguno lo consiguiera de manera definitiva, lo intentaban día tras día de manera efímera, porque algo es algo, y menos da una piedra. La barra estaba adornada con el periódico deportivo del día y un Interviú en el que se podía leer el titular de un interesantísimo artículo sobre las costumbres de apareamiento de la Emys Orbicularis, y su relación con una muchacha que aparecía en la portada ligera de ropa, y con alguna parte de su cuerpo tapada, precisamente, con el caparazón una tortuga que, a la vista estaba, era demasiado pequeño para esconder lo que se suponía que debía esconder, si es que debía hacerlo, cosa que Villaociosa dudaba bastante.

- Pues yo llevo sirviendo -hablaba el inspector a la muchacha, Leandro- en el cuerpo…
- ¿Lo de siempre, don Tomás? -interrumpió el camarero.
- Lo de siempre Eugenio.
- Churritos y carajillo sin café para el inspector, ¡marchando!… Y para su amigo…
- Querrás decir amiga…
- Eh… ¿Qué amiga?
- Pues ella, la morenaza que está justo a mi lado…

Los ojos del camarero parecían salirse de las órbitas, y saltaban del inspector a Leandro, y de Leandro al inspector, tratando de entender la situación.

- Señor inspector -el camarero había bajado la voz-, son muchos años ya, y hay confianza, ¿verdad?
- Está claro, Eugenio.
- Pues aquí, su acompañante, no es una señorita…
- ¿Cómo?
- Pues que aquí, su amiga es su amigo, un maromo, un tipo de pelo en pecho, aunque vestido de faralaes y con tacones altos. Pero vamos, un bigardo que lo mismo le da ocho que ochenta, ¿me coge usted?

El inspector, que si tenía que poner su vida en manos de alguien, lo hubiera hecho sin dudar ni un segundo en las vigorosas manos de Eugenio, camarero de la mejor churrería del distrito Centro, dirigió la mirada hacia el rostro de la muchacha, es decir, el muchacho, o sea, Leandro, al que interrogó con la mirada.

- ¿Es cierto lo que dice Eugenio?
- Hombre, señor inspector… Yo creí que usted ya lo sabía… Yo sólo le seguía el juego…

Al mismo tiempo que el corazón de Villaociosa se rompía en mil pedacitos, un servicio para la mesa tres, con dos tazas repletas de chocolate, dos cafés, un plato de porras y unos churros, los mejores de toda la ciudad, caían al suelo montando un estrepitoso coro que acompañó la repentina soledad de inspector Tomás Villaociosa de la Endrina, inspector del glorioso cuerpo de policía nacional y, al parecer, eterno soltero.